Cumbre de la prosa barroca y obra cimera de la literatura universal, El Criticón es mucho más que una novela alegórica: es un tratado de antropología filosófica, un manual de prudencia vital y un desgarrado diagnóstico de la condición humana en su peregrinaje por el valle de la desilusión. Baltasar Gracián, jesuita y moralista genial, teje aquí una de las ficciones más densas y ambiciosas del Siglo de Oro, donde el viaje físico se convierte en indagación metafísica y cada episodio es una lección de desengaño.
La peripecia de Critilo, el hombre cuerdo y desengañado, y de Andrenio, el salvaje que descubre por primera vez el mundo, constituye el eje de una narración que recorre las edades del hombre —la niñez, la juventud, la madurez y la vejez— para demostrar que toda la vida no es sino un caminar hacia la muerte, y el mundo, un teatro de apariencias donde solo el juicio atento puede distinguir la verdad del engaño. Desde la Isla de Inmortalidad hasta la Corte de la Verdad, pasando por las estancias del lujo, la ambición y el poder, Gracián despliega un arte conceptual inigualable: su prosa, cincelada y aforística, es un continuo fulgor de sentencias que se graban en la memoria como puñales de luz.
Frente a la esperanza ingenua o la fe sencilla, El Criticón propone una sabiduría trágica: el hombre es un ser frágil, apasionado y ciego, pero también capaz de conocer su propia miseria y de elevarse, mediante el arte del desengaño, a una ataraxia que lo acerque a la virtud. La obra es, además, un prodigio de arquitectura narrativa, donde cada episodio se engarza con la precisión de un reloj suizo y cada alegoría se despliega con la lógica implacable de un silogismo.











