En la Rusia de Stalin, ¿qué recursos tenía el poder para saber qué sentía y pensaba la gente común?
Sheila Fitzpatrick pone la lupa en el informante: un infiltrado que reportaba a la policía secreta para que el líder estuviera al tanto del estado de ánimo del pueblo.
El informante podía estar en cualquier lugar: en la fila de una tienda, en la cafetería de una fábrica, en una universidad, en el pasillo de un edificio. De sus denuncias dependía que alguien fuera interrogado, deportado o algo peor. ¿Pero hasta qué punto la vigilancia era infalible? ¿Qué riesgos estaban dispuestos a correr los ciudadanos para sobrellevar la vida?

