Charles Dickens (Portsmuth, 1812 – Gadshill, 1870) ha llegado hasta nosotros como el autor más importante e influyente de la literatura victoriana. Sus obras y su peripecia personal, íntimamente relacionadas, plasmaron no sólo el pulso social de su época, también el terrible estado moral de una sociedad atrapada en la desigualdad y las convenciones. Dickens experimentó la miseria, el éxito popular, la cárcel, el hambre... sólo logró cumplir con el más íntimo de sus anhelos, la libertad, entregándose a la literatura. Aunque muchas de sus obras gozaron de un extraordinario favor popular, baste decir que muchas de ellas fueron publicadas por entregas, en formato folletín; serían las críticas entusiastas de George Gissing y G. K. Chesterton las que encumbrarían a Dickens como el autor más importante de la literatura inglesa del siglo XIX.
Charles Lutwidge Dodgson, matemático, lógico y escritor británico más conocido por el seudónimo de Lewis Carroll, nació en Daresbury, Cheshire, en 1832, y murió en Guildford en 1898. Durante cerca de cuarenta años fue profesor de matemáticas en Oxford, y junto con el también lógico George Boole procedió a una axiomatización de la lógica. Pero, sin duda, lo que le ha hecho universalmente conocido son sus historias para niños, historias donde desplegó todo su talento para jugar —y hacernos reflexionar— con el absurdo, el sinsentido y la magia de algunas paradojas lógicas. Carroll, que también gustaba de fotografiar niñas, y que ha dejado una galería de ambiguos retratos infantiles, es autor de Alicia en el país de las maravillas (1865), A través del espejo (1872), La caza del Snark (1876) y Silvia y Bruno (1889).
Herman Melville (New York, 1819-1891) es una de las principales figuras de la historia de la literatura. Cuatro años a bordo de un ballenero, en los mares del Sur, le inspiraron un buen número de novelas de aventuras: Typee (1846) y Omoo (1847) se basan en sus vivencias en las islas Marquesas; Redburn (1849) y La guerra blanca (1850) describen las duras y degradantes condiciones de vida en la marina. Su obra maestra, en la que vertió magistralmente todas sus inquietudes y su talento literario, fue Moby Dick (1851).
Mary Shelley (1797-1851) es una de las escritoras más importantes e influyentes de las letras británicas del siglo XIX. Su poderosa imaginación y su inagotable sed de concimiento le llevaron a concebir Frankenstein, una de las novelas más leídas y estudiadas desde su publicación. Además escribió otras novelas, como El último hombre o Perkin Warbeck, y un buen número de relatos.
Bram Stoker, seudónimo de Abraham Stoker, fue escritor y crítico teatral. Se licenció con honores en Matemáticas y Ciencias. En 1876 se marchó como secretario y representante del actor inglés sir Henry Irving, con quien dirigió el Lyceum Theatre de Londres. Fue socio del actor hasta que éste murió en 1905. Escribió numerosos libros, entre los que podemos encontrar Recuerdos personales de Henry Irving (1906) y su obra maestra, Drácula (1897), en la que creó el renombrado personaje del vampiro, que ha trascendido en el tiempo y se ha convertido en un clásico en su género.
Casi todo el mundo sabe hoy quien es Mark Twain, pero pocos saben que su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens y que nació prematuramente en Florida, en el Estado de Missouri, en 1835. A los veinte años, tras haber sido tipógrafo en un pueblo del Mississipi, vagabundeaba ya por el Estado de Nevada en busca de plata, que jamás encontró, y a los 35, era hombre casado y célebre. Inquieto, aventurero y vital en su juventud, en la madurez, no contento con el éxito como escritor, cayó presa del afán de dinero, que le llevó a arruinarse en más de una ocasión y a alejarse de su mujer y de sus hijas. Su vida fue la de un hombre contradictorio, eternamente insatisfecho. Treinta y siete volúmenes ocupa su obra completa, lo cual nos indica lo poco que sabemos del creador de los inefables Tom Sawyer y Huckleberry Finn, compañeros inseparables de nuestra infancia.
Novelista, poeta, crítico literario y autor teatral de origen irlandés, gran exponente del esteticismo, Oscar Wilde conoció el éxito desde sus comienzos gracias al ingenio punzante y epigramático que derrochó en sus obras, dedicadas casi siempre a fustigar a sus contemporáneos. Defensor del arte por el arte, sus relatos repletos de diálogos vivos y cargados de ironía provocaron feroces críticas de los sectores conservadores, que se acentuaron cuando Wilde fue acusado y condenado por su homosexualidad, lo que originó el declive de su carrera literaria y de su vida personal. Entre sus obras destacan las cuatro comedias teatrales El abanico de lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895) y La importancia de llamarse Ernesto (1895), El fantasma de Canterville o El retrato de Dorian Gray, su única novela.