Una parodia brillante del género detectivesco firmada por Mark Twain
En Dos detectives ante un barril (1902), Twain desmonta con humor y mordacidad el mito de la infalibilidad racional. La historia se divide en dos partes:
En la primera, una mujer humillada educa a su hijo, Archy Stillman, para vengar sus agravios gracias a un don extraordinario: un olfato casi sobrenatural.
En la segunda, en un campamento minero de California, Archy se cruza con Sherlock Holmes, que investiga un asesinato misterioso. Pero el célebre detective londinense comete un error fatal, superado por la intuición instintiva del joven americano.
Una sátira ingeniosa que enfrenta la lógica británica con el sentido común americano, en una obra imprescindible para amantes de la literatura clásica y el humor inteligente.
Casi todo el mundo sabe hoy quien es Mark Twain, pero pocos saben que su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens y que nació prematuramente en Florida, en el Estado de Missouri, en 1835. A los veinte años, tras haber sido tipógrafo en un pueblo del Mississipi, vagabundeaba ya por el Estado de Nevada en busca de plata, que jamás encontró, y a los 35, era hombre casado y célebre. Inquieto, aventurero y vital en su juventud, en la madurez, no contento con el éxito como escritor, cayó presa del afán de dinero, que le llevó a arruinarse en más de una ocasión y a alejarse de su mujer y de sus hijas. Su vida fue la de un hombre contradictorio, eternamente insatisfecho. Treinta y siete volúmenes ocupa su obra completa, lo cual nos indica lo poco que sabemos del creador de los inefables Tom Sawyer y Huckleberry Finn, compañeros inseparables de nuestra infancia.