Kipling viaja a Egipto y visita el Sudán entre invierno y primavera de 1913 movido por el deseo de "descubrir el sol", y los juegos de luces y sombras darán las páginas más llamativas de un texto que varias veces proporciona ejemplos modélicos de impresionismo literario y casi se diría que pictórico. Sus descripciones del desierto o de los colosos de Abu Simbel hacen que el texto literario adquiera las propiedades de las más límpidas imágenes visuales, o en las necrópolis egipcias hace sentir la humedad, la opresividad y los ecos y resonancias en las cámaras y pasadizos subterráneos de las tumbas labradas en la roca y a la vez transmite el encanto de las escenas de la vida cotidiana representadas en sus paredes.
Pero Kipling viaja también para conocer los peligros que amenazan el dominio de Gran Bretaña en sus colonias norteafricanas. Más allá de la brillantez paisajística, su texto remite a la formación, en el norte de África, de movimientos anticolonialistas que, ceñidos entonces a la lucha por la soberanía nacional, se situaban ya en la línea que lleva a la lucha por la soberanía popular en las revoluciones democráticas desencadenadas en 2011.
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Rudyard Kipling nació en Bombay, India, pero sus padres lo trasladaron a Londres a estudiar, por lo que durante unos cuantos años vivió separado de ellos. Según su familia, Kipling gozaba leyendo en voz alta sus propias historias y él mismo se reía a carcajadas de sus bromas. Al terminar los estudios, se dedicó al periodismo y a los veintiún años escribió su primer libro, al que le siguieron muchos más, entre poemas y narraciones, inspirados, en gran parte, en los viajes que durante años hizo por todo el mundo y en su interés por las ciencias naturales. En reconocimiento, el Reino Unido nombró una nueva especie de cocodrilo prehistórico con su nombre, el Goniopholis kiplingi. También se le nombró Caballero de la Orden del Imperio Británico en tres ocasiones, honores que rechazó, y en 1907 fue el ganador del Premio Nobel de Literatura más joven hasta la fecha.