Rebeca recibe la extraña llamada de Peggy, su octogenaria tĂa que vive desde hace años en Inglaterra, informándole que está pronta a morir y que desea pedirle un favor: que esparza sus cenizas en el desaparecido poblado de Santa LucĂa, ubicado en alguna parte al este de Iquique, y que, en la dĂ©cada de 1920, fuera el centro de la actividad salitrera. Esta llamada no
solo despierta en la protagonista una inusitada nostalgia por su historia familiar, marcada por el inexplicable alejamiento de su madre en su temprana infancia, por los intentos de su padre Eddie por brindarle una relativa estabilidad econĂłmica y emocional, y por la fuerte presencia de
esta tĂa-abuela en su juventud, sino que tambiĂ©n le permite acercarse al pasado de Peggy en la salitrera a travĂ©s de las cartas que hereda, todas ellas escritas a su amiga Dora, de quien su tĂa se tuvo que separarse despuĂ©s de un trágico accidente. Rebeca es, entonces, el punto desde el
cual se cuenta la historia de tres generaciones, siempre atravesada por el relato epistolar que, a la vez que nos acerca a Peggy y Dora, también nos permite vislumbrar las costumbres del Chile de 1930, la decadencia de la industria calichera y de la clase social que prosperó a su alero.