Sobre este libro

Como ha ocurrido siempre, hoy en día, tanto el gobierno de las ciudades como la distribución de su riqueza basan su legitimidad en valores metafísicos intangibles pero incuestionables. Para salvar a la ciudad de la maldad que ella misma cobija y engendra de manera natural, los saberes y las técnicas urbanísticas pretenden generar una ciudad impecable y sin pecado que se imponga a esa ciudad real de la que en el fondo no saben casi nada. Contra esa urdimbre hecha de lucha y de pasión (la ciudad real), que se nutre de lo mismo que la altera, los expertos insisten en hacer realidad su ensueño de una ciudad perfecta, es decir, una ciudad servil y previsible, sin sobresaltos, idéntica a sus planes y a sus planos, invocando nuevas divinidades como el capital humano, el espacio público, la sostenibilidad, la cultura, el humanismo tecnológico, la participación, el patrimonio o el civismo. Para ello están sirviendo el urbanismo y la arquitectura en la actualidad, para exorcizar la presencia del gran adversario que trata de combatir la conversión de las ciudades en negocio, el demonio de lo que Henri Lefebvre llamó lo urbano (es decir, el gran adversario es la ciudad viva, libre e incontrolable).

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