Como órgano primigenio de la expresión, la voz cumple una triple función existencial: en primera, nos permite exponer teórica o racionalmente la realidad; en segunda, configura la cauda sentimental e imaginativa de impulsos con los que nos movemos en el mundo; en tercera, fundamenta cualquier forma de relación dialógica o interpersonal. Estas funciones se cumplen, a su vez, en un doble plano, el objetivo o general en el que nos reconocemos con los demás y el subjetivo o singular en el que se perfila la autoconciencia.
En una época en que la expresión se reduce cada vez más a la interjección, al exabrupto o al lugar común, tematizar el nexo ontológico entre la voz y la identidad de cada uno es una labor filosófica decisiva para comprender el ser del hombre.












