El autor se fija en el estado actual y el propósito de la educación superior, comparándolo con las ideas presentes en los orígenes históricos de la universidad. Considera que hoy se subraya la empleabilidad, las instalaciones y la atención de los alumnos, pero que no debería olvidarse lo más valioso: los maestros, las lecciones, el conocimiento y el estudio riguroso.
Al hablar de las Humanidades destaca que no se trata de conservar lo antiguo como quien guarda cenizas, sino de avivar un fuego en el que pasado, presente y futuro se aúnan gracias a la fuerza de los clásicos. Finalmente, analiza los llamados 'estudios culturales' y 'de género', descubriendo su condición de constructos posmodernos en los que están ausentes la objetividad, la posibilidad de diálogo racional y la misma noción de verdad.












