El mundo de Maquiavelo

El relato de un testigo de excepción de lo que significó el 5 de abril de 1992 para los peruanos.

La disolución del Congreso, la reorganización del Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales, el Ministerio Público y la Contraloría General de la República fueron las «medidas de excepción» que Alberto Fujimori tomó cuando se instauró como dictador el 5 de abril de 1992. Acto seguido, sacó al Ejército y a sus tanques a las calles, tomó las redacciones de diarios y medios televisivos y mandó a apresar a sus opositores.

Advertido, el expresidente Alan García logró escapar de un escuadrón militar trepando por los techos de sus vecinos. Fujimori había dictado su sentencia de muerte, pero esa noche no pudo hallar al líder aprista. Durante los primeros meses de ese año, se habían producido en Lima los atentados terroristas más devastadores, lo que provocó una serie debates ciudadanos acerca de la necesidad de imponer «mano dura». El escenario estaba dispuesto para que el gobierno tuviera no solo el poder absoluto sino carta libre para ejecutarlo.

Los personajes de este libro dan cuenta de su rol de engranaje dentro de una maquinaria pensada para crear terror, zozobra y permitir un tipo de corrupción jamás visto en nuestro país.

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El relato de un testigo de excepción de lo que significó el 5 de abril de 1992 para los peruanos.

La disolución del Congreso, la reorganización del Poder Judicial, el Consejo Nacional de la Magistratura, el Tribunal de Garantías Constitucionales, el Ministerio Público y la Contraloría General de la República fueron las «medidas de excepción» que Alberto Fujimori tomó cuando se instauró como dictador el 5 de abril de 1992. Acto seguido, sacó al Ejército y a sus tanques a las calles, tomó las redacciones de diarios y medios televisivos y mandó a apresar a sus opositores.

Advertido, el expresidente Alan García logró escapar de un escuadrón militar trepando por los techos de sus vecinos. Fujimori había dictado su sentencia de muerte, pero esa noche no pudo hallar al líder aprista. Durante los primeros meses de ese año, se habían producido en Lima los atentados terroristas más devastadores, lo que provocó una serie debates ciudadanos acerca de la necesidad de imponer «mano dura». El escenario estaba dispuesto para que el gobierno tuviera no solo el poder absoluto sino carta libre para ejecutarlo.

Los personajes de este libro dan cuenta de su rol de engranaje dentro de una maquinaria pensada para crear terror, zozobra y permitir un tipo de corrupción jamás visto en nuestro país.

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