Atrévete a abrirlo… y no podrás cerrar lo que despierta.
Este libro no empieza: se instala dentro de ti. No avisa, no protege, no deja distancia. Te arrastra sin ruido a ese lugar donde la mente deja de sostenerte y empieza a desgastarte, pensamiento a pensamiento, hasta que todo lo que eras se vuelve irreconocible. No hay un instante en el que todo se rompe. Hay algo más cruel: un desgaste lento, preciso, casi invisible, que te vacía sin darte permiso a desaparecer.
Aquí, pensar duele. Recordar es una forma de castigo. La felicidad no se pierde: se transforma en una prueba constante de que ya no puedes volver a alcanzarla. Las personas no se van del todo: permanecen lo suficiente para que su ausencia tenga peso, para que duela incluso cuando están. Y tú… sigues ahí. Respiras. Funcionas. Sonríes cuando toca. Mientras por dentro algo se apaga sin hacer ruido.
Cada página es una herida que no termina de abrirse ni de cerrarse. Un pensamiento que insiste. Un eco que no te suelta. Este libro no te cuenta una historia: te reconoce. Y en ese reconocimiento hay algo peligroso, porque cuanto más avanzas, menos claro queda si estás leyendo… o si estás recordando algo que nunca supiste nombrar.
Cuando cierres el libro, no va a terminar. Se va a quedar contigo, como se quedan las cosas que no sabes cómo apagar. Y entonces la pregunta deja de ser parte de la historia y pasa a ser tuya: si tu mente sabe exactamente cómo destruirte… ¿cuánto tiempo llevas perdiendo sin darte cuenta?




















